El Valle de las Piedras Bailarinas

 




El Valle de las Piedras Bailarinas

En La Zarza había un pinar al que los niños del pueblo iban muchas tardes.

Les gustaba caminar entre los árboles, seguir senderos estrechos, escuchar a los pájaros y respirar aquel olor de resina, tierra tibia y agujas secas de pino.

Una tarde de verano salieron juntos Clara, Leo, Vera, Bruno y Nora.

Clara caminaba delante, porque siempre encontraba caminos escondidos.

Leo miraba el suelo para descubrir huellas, piedras curiosas y senderos seguros.

Vera llevaba una libreta pequeña donde dibujaba las cosas que le llamaban la atención.

Bruno se fijaba en las luces, las sombras y las formas que hacían las ramas.

Y Nora, la más pequeña, lo miraba todo con ojos de asombro.

Caminaron un buen rato.

El sol empezaba a bajar y el pinar estaba tranquilo.

De pronto, el sendero se abrió.

Delante de ellos apareció un pequeño valle escondido.

Los cinco se quedaron quietos.

Había piedras redondas, lisas y plateadas. Algunas parecían apiladas unas sobre otras con muchísimo cuidado. Otras formaban pequeños arcos, espirales y caminos que parecían dibujados por manos invisibles.

Nora habló casi en un susurro.

—¿Quién habrá puesto todas estas piedras así?

Clara se acercó despacio.

—No lo sé… pero este lugar parece especial.

Vera miró alrededor.

—Aquí hay que hablar bajito.

Leo asintió.

—Y caminar con cuidado.

Bruno añadió:

—Y respetar el pinar de La Zarza. No arrancar ramas, no dejar basura y no correr.

Entonces siguieron avanzando.

El viento se movía entre las copas de los árboles. El valle estaba tan quieto que parecía escuchar.

Nora observó las piedras durante un largo rato.

—¿Creéis que estas son las Piedras Bailarinas?

Clara pensó un momento.

—Vamos a probar algo. Cerrad los ojos.

Los cinco cerraron los ojos.

Escucharon el viento.

Escucharon un pájaro lejano.

Escucharon el roce suave de las agujas de pino sobre la tierra.

Y entonces ocurrió.

A Nora le pareció que una piedra pequeña daba un saltito.

A Vera le pareció que una espiral se abría lentamente.

Bruno imaginó un arco que se inclinaba hacia la luz.

Leo sintió que unas piedras cambiaban de sitio sin caer.

Clara sonrió.

Abrieron los ojos.

Todo estaba quieto.

Las piedras seguían en el mismo lugar.

—Pero… no se han movido —dijo Nora.

Clara respondió en voz baja:

—Nunca las verás moverse con los ojos abiertos.

Nora volvió a mirar el valle.

Y por primera vez entendió que algunas cosas se descubren de otra manera.

Cuando empezó a anochecer, regresaron al pueblo.

Aquella noche se sentaron en la plaza con su abuelo Mateo.

El abuelo los miró un momento y sonrió.

—Hoy habéis estado en el valle.

Los cinco se sorprendieron.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Bruno.

—Porque traéis en la cara el silencio del pinar —respondió el abuelo.

Nora se acercó.

—Abuelo… ¿quién puso las piedras?

Mateo apoyó las manos en su bastón.

—Hace muchísimo tiempo, cuando el dique era joven, en una pequeña isla vivían unos seres diminutos llamados los Minicantos.

Los niños escuchaban sin pestañear.

—Durante el día cuidaban la isla, el agua y los juncos. Pero cuando salía la luna cruzaban hasta el valle. Caminaban despacio, en silencio, porque sabían que el pinar estaba vivo y merecía respeto.

—¿Y qué hacían aquí? —preguntó Vera.

—Escuchaban —respondió el abuelo—. Observaban el viento, miraban la tierra y buscaban piedras. Después las colocaban con paciencia, una junto a otra. Nunca obligaban a una piedra a quedarse donde no quería. Dejaban que cada una encontrara su equilibrio.

Nora se acercó un poco más.

—Abuelo… ¿los Minicantos vivieron hace mucho… o siguen aquí?

El abuelo sonrió despacio.

—Siguen viviendo.

Los niños se quedaron muy quietos.

—¿Dónde? —preguntó Leo.

—En la pequeña isla del dique —dijo Mateo—. Allí viven todavía. Durante el día casi nadie los ve, porque son pequeños y silenciosos. A veces parecen destellos. Otras veces sombras rápidas entre la hierba.

—¿Y por la noche? —susurró Nora.

—Cuando sale la luna vienen hasta el valle. Escuchan el viento, observan la tierra y ayudan a las piedras a encontrar su lugar.

Bruno abrió mucho los ojos.

—Entonces… quizá estaban allí cuando fuimos.

—Quizá sí —respondió el abuelo—. Cuando sentisteis que el valle respiraba, cuando os pareció que las piedras cambiaban… puede que ellos estuvieran cerca.

—¿Y de verdad bailan? —preguntó Nora.

Mateo levantó la vista hacia el pinar oscuro.

—Sí. Pero guardan un secreto.

Los cinco se inclinaron hacia él.

—Las Piedras Bailarinas nunca se mueven cuando alguien las mira con los ojos abiertos. Solo cambian cuando las miras con los ojos cerrados.

Durante unos segundos nadie habló.

Solo se escuchaba el viento en los árboles.

Entonces el abuelo dijo:

—Por eso, si alguna vez volvéis al valle, recordadlo bien: guardad silencio y respetad el pinar de La Zarza. No arranquéis ramas. No dejéis basura. No corráis. Escuchad. Mirad con el corazón.

Aquella noche, antes de dormir, Nora cerró los ojos.

Y le pareció escuchar unas pisadas diminutas entre los pinos.

A la mañana siguiente los cinco regresaron.

Caminaron despacio.

Hablaron bajito.

Al llegar al valle, se quedaron quietos.

Nora cerró los ojos.

El viento pasó entre los árboles.

Y entonces le pareció ver una piedra pequeña girando lentamente, como si saludara.

Cuando abrió los ojos, todo estaba inmóvil.

Pero ahora ya lo sabía.

Los Minicantos seguían allí.

Y las piedras bailaban.

Aunque casi nadie pudiera verlo.

Moraleja

La naturaleza comparte sus secretos con quienes caminan en silencio, la respetan y saben mirar con el corazón.

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