La Isla de los Minicantos

 


En medio del Dique de Puerto León, en el pueblo de  La Zarza,  hay una pequeña isla que casi nadie conoce. Se llama la Isla de los Minicantos.

Durante el día parece una isla tranquila, llena de pinos, juncos, piedras y agua brillante. Pero allí viven unos seres diminutos y mágicos: los Minicantos.
Son muy tímidos.
Si oyen pasos fuertes, voces altas o ramas que se rompen, se esconden enseguida entre las rocas y los árboles. Por eso casi nadie los ve. A veces, quienes caminan despacio y miran con atención sienten una pequeña chispa en el aire… como si algo los estuviera observando con curiosidad.
Cuando cae la noche y la luna se refleja en el agua, los Minicantos despiertan.
Entonces empieza su momento favorito.
En silencio, se reúnen en la orilla y cruzan hasta un rincón secreto del pinar: el Valle de las Piedras Bailarinas.
De día, aquel valle parece dormido. Las piedras descansan quietas entre la hierba y la tierra. Pero cuando llega la noche, todo cambia.
Los Minicantos saben escuchar el viento, la luna y el murmullo del agua. Y con esa música suave comienzan su trabajo.
Lumín guía al grupo y cuida de todos.
Chispa inventa formas ingeniosas para colocar las piedras en equilibrio.
Tirín busca las piedras más adecuadas y comprueba que nada se derrumbe.
Brillín las ordena en figuras que brillan bajo la luna.
Y Rin, el aprendiz, observa atento y aprende con paciencia.
Piedra a piedra, van creando pequeñas torres, arcos, espirales y caminos secretos.
Lo hacen despacio.
Con cuidado.
Sin hacer ruido.
Y entonces ocurre algo maravilloso.
Cuando el viento pasa entre los pinos, las piedras parecen cambiar de lugar.
Una se inclina un poquito.
Otra gira muy despacio.
Otra encuentra un nuevo equilibrio.
Pero las Piedras Bailarinas guardan un secreto:
nunca las verás moverse con los ojos abiertos.
Solo cambian cuando las miras con los ojos cerrados.
Por eso, quienes llegan al valle deben caminar despacio, guardar silencio y respetar el pinar. No se arrancan ramas. No se dejan papeles. No se corre ni se grita.
Porque el valle escucha.
Y la magia solo aparece para quien sabe cuidar.
Al amanecer, cuando el cielo empieza a ponerse dorado, los Minicantos regresan a su isla.
Vuelven contentos, un poco cansados y con la luz de la luna todavía en los ojos.
Se esconden otra vez entre las piedras, los juncos y los árboles.
Y el valle queda en silencio.
A veces, cuando alguien pasea por el pinar, encuentra pequeñas pistas: una piedra brillante, una torre imposible, un sendero diminuto entre la hierba.
Entonces quizá se pregunte quién estuvo allí.
Tal vez fueron los Minicantos.
Tal vez todavía andan cerca.
Solo hay que caminar despacio, escuchar el viento… y cerrar los ojos.
Moraleja:
Cuando cuidamos la naturaleza, guardamos silencio y miramos con el corazón, descubrimos la magia que vive a nuestro alrededor..

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