LAS CALLES MALAGAS

 


Las primeras casas de los mineros

La leyenda de las calles Málagas, el primer barrio minero

Hace mucho tiempo, cuando La Zarza empezaba a crecer al calor de la mina, llegaron hombres y mujeres  de muchos lugares buscando trabajo.

Eran mineros. Con sus manos y con mucha fuerza, sacaban de la tierra el mineral que después viajaba a lugares muy lejanos.

Pero aquellos hombres, al terminar sus duras jornadas, necesitaban un lugar donde descansar.

Y el Pinar, que todo lo ve y todo lo escucha, supo que había llegado el momento de ayudar.

   

Cuenta la leyenda que, una noche, los Minicantos se reunieron entre los pinos.

—Los mineros necesitan un hogar —dijo el más pequeño de todos.

—Entonces se lo daremos —respondieron los demás.

Y aquella noche, piedra a piedra, los Minicantos ayudaron a trazar el camino de las primeras calles del barrio minero.

Al amanecer, los obreros empezaron a construir once pequeñas casas. Eran humildes, con paredes sencillas y techos bajos. Pero para quienes las esperaban, valían más que cualquier palacio.

La gente del pueblo empezó a llamarlas cariñosamente las calles Málagas, y con ese nombre se quedaron para siempre.

   

Las puertas de aquellas primeras once casas se abrieron por fin.

Y por primera vez, entre aquellas paredes, se escucharon risas de niños.

El barrio siguió creciendo, y poco a poco fueron naciendo nuevas calles a su alrededor.

Cada casa guardaba su propia historia: la del padre que bajaba a la mina al amanecer, la de la madre que esperaba cocinando en la casilla junto a la ventana, la de los niños que jugaban entre las calles de tierra.

Y aunque las casas eran pequeñas, las calles Málagas eran grandes y llenas de alegría. Los vecinos se ayudaban unos a otros, compartían la comida en las puertas de casa y cuidaban de todos los niños como si fueran propios.

—Aquí no somos solo vecinos —decían—. Aquí somos familia.

Los Minicantos, escondidos entre las piedras del camino, escuchaban todas esas historias. Y cada vez que oían una risa, un cuento antes de dormir o una canción de cuna, la guardaban con cuidado dentro de una piedra blanca.

   

Pero las calles  Málagas tenían un problema: estaban muy cerca de una cantera.

Cada vez que allí sonaba una voladura, la tierra temblaba, las ventanas vibraban y una nube de polvo cubría el paisaje.

Los vecinos aprendieron a reconocer cada sonido: primero el silencio, después el estruendo, y por último el polvo flotando en el aire.

—La cantera también tiene su fuerza —decían los mayores—. Hay que aprender a respetarla.

   

Con el tiempo, las familias comprendieron que necesitaban un lugar más seguro donde vivir.

Poco a poco, se fueron trasladando a otras zonas de La Zarza, y con el paso de los años, las casas de las calles  Málagas acabaron siendo derribadas.

Hoy ya no quedan paredes, ni puertas, ni tejados.

—Nosotros cuidaremos de sus recuerdos —prometieron los Minicantos.

Y desde entonces, cada noche recorren el terreno donde antes estuvo el barrio, guardando en piedrecitas blancas todo lo que allí sucedió.

   

Por eso, cuando el viento pasa hoy sobre el terreno donde estuvieron las calles  Málagas, dicen que todavía puede escucharse algo especial:

El golpe de una puerta al amanecer.

Los pasos de un minero camino del trabajo.

Y la voz de un niño llamando a sus amigos para jugar.

Porque una casa no está hecha solo de ladrillos.

Está hecha de recuerdos.

Y aunque las casas de las calles  Málagas ya no estén en pie, mientras alguien siga contando esta historia, aquel barrio tan alegre seguirá siendo el lugar donde empezó una parte muy importante de la vida de La Zarza.

  Los lugares pueden derribarse, pero mientras alguien recuerde lo que allí se vivió, nunca desaparecen del todo. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Canto a Santa Bárbara

EL RUISEÑOR DE LA PIPA

La Isla